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Hace unos días hablé de ese fenómeno que era el melómano de datos. Ese supuesto auto proclamado amante de la música, metalero empedernido, fan, etc., cuya colección de discos no solía superar los pocos ejemplares, siendo muchas veces regalos u obsequios de colegas. No es que crea que el 100% de los casos sea deplorable, ni tampoco arremeto contra el truismo de nadie. Tranquilos, vuestra hombría está salvaguardada. Simplemente me choca y comento que no entiendo cómo alguien puede ser fanático de algo sin llegar a invertir realmente en ese algo. No hablo sólo de dinero, sino de auténtico interés.

Hoy trataré otro tema que ya comenté hacia el final de ese artículo. Es un fenómeno extraño y no exento de polémica, pues es algo que se ha hablado repetidas veces entre músicos y otros amigos no necesariamente en el business. Este no es otro que el de esos músicos que llevan años tocando en bandas pero, sin embargo, no escuchan nada nuevo desde que empezaron a tocar, llegando incluso a preferir hacer cualquier otra actividad antes que asistir a un concierto. Es algo realmente extraño. No digo que tengas que ir a todos los conciertos que se perpetren en tu ciudad, pero joder, es que hay gente que nunca ves debajo de los escenarios a no ser que ellos mismos hayan tocado.

Generalmente, también se les une el hecho de no tener gran cosa en discos originales, pero también les falta interés en conocer nuevas bandas o indagar más en la discografía de aquellas que se supone les gusta mucho. Huelga decir, que mucho menos en investigar un poco a nivel Underground.

Que quede claro que no hablo de ningún caso en particular. No escribo esto pensando en alguien concreto. Es una idea de algo que ocurre y seguramente todos conocemos algún caso. Esa típica persona -o personas- que no van a ningún concierto pero luego tocan y te piden que vayas a los suyos. Es como el que no da like nunca a tu página de Facebook pero te pide que le des like tú a la suya. Es una falta total de reciprocidad que, aunque no queramos, no podemos evitar pensar de vez en cuando con cierto hastío o, como mínimo, desaprobación.

Evidentemente, hay casos y casos. Algunos no son muy de redes sociales y no se enteran de los eventos. Entiendo que otros tienen hijos y no pueden escaquearse cada vez que quieran de sus obligaciones conyugales o familiares. Otros tienen turnos jodidos de trabajo. Hay mil cosas que pueden hacer que pierdas fuelle con la asistencia a conciertos. Pero joder, que no vayas nunca, siendo tú una parte supuestamente activa de la escena, que no conozcas nada más allá de Metallica o Iron Maiden, que no tengas más de diez discos originales en tu haber, y de cuando tenías 15 años, etc… Pues me choca. Pero sobretodo me sangra cuando éstos personajes van de trues, o contándote anécdotas de esto o aquello. Salvadores low cost de la escena metalera. Seguro que conoces alguno.

Hace poco, y ahora sí hablaré de un caso concreto, estuve en la entrada de uno de los últimos conciertos que di. Entró un grupo de chavales y chavalas que algunos conocía de vista. Éstos, con sus chupas de cuero, sus ropajes negros, camisetas de grupos… pero no entraron al concierto. No sabían ni que había concierto. Pero es que ni miraron quien tocaba, directamente huyeron porque sólo querían entrar al garito a tomarse algo. Claro que sí, ¡esa es la actitud!

Hay muchas cosas que me enervan. Muchas en general. Hoy me he levantado hasta los cojones de muchas historias que me han ido quemando a lo largo de los años y, como no tengo otra puta cosa que hacer, lo suelto aquí. Lo peor de todo es que sé que mucha gente opina igual.

Hacia el año 2000 y en adelante, era muy común que se descargaran mp3 de todo. Absolutamente todo. Coleccionistas de datos y no de discos, como decía yo. Peña que había dejado de comprar CDs para descargarse discografías, filmografías, etc. Huelga decir que el revival del vinilo aún no había llegado y ni Dios los compraba. Cintas de cassette menos aún. Pero la escena se llenó de fans que tenían gigas y gigas de música que ni escuchaban, eso sí «tenían el disco», aunque fueran ceros y unos en un ordenador lleno de virus.

De pronto, Internet dio alas a un montón de expertos en todo tipo de grupos. Una buena conexión, tu software de descarga gratuito favorito y ya estaba todo. Lo único que se compra es el merchan y eso sólo porque todavía no podemos descargarlo de la red.

Bien es cierto que los die-hard más auténticos lo usaban como complemento, en el mejor de los casos, pero el resto lo usaba como sustitución a las compras. Todo gratis es mejor, ¿no?

La venta de demos y discos descendió automáticamente de una manera bestial. En los 90s era muy común vender 200 demos o más. A partir de la irrupción de AudioGalaxy o SoulSeek, si vendías esas 200 ya era un rotundo éxito.

Todo esto perduró durante unos años, hasta la llegada de YouTube y la subida de discos completos. Tú ponías «Slayer full album» en su buscador y automáticamente eras un experto en la banda. Ya habías oído de todo. No hacía falta comprar ni descargar nada. No hacía falta ni tener el disco, fuera éste físico o datos. Obviamente, la gente que descargaba a degüello dejó de hacerlo.

Ahí tienes YouTube o Spotify, entre otras. Ya no tienes más que buscar y escuchar la demo inédita de Morbid Angel, o esas rarezas y caras B del grupo de turno. Escuchar bandas de Thrash Metal desaparecidas antes de los 90s o cosas que no conocía nadie. Si ya ves el vídeo del experto de turno hablando de la banda, mucho mejor. Porque ya sabemos que lo que vende ya no es la música, sino el morbo.

La cuestión es que, como herramienta de búsqueda y conocimiento no está nada mal. El problema viene cuando llevas 10, 15 ó 20 años escuchando música, con tu chalequito de parches y tus camis molonas, y tu colección de discos originales no llega ni a diez. Que somos muy metaleros todos, pero sólo de festivales de verano y poco más. Luego toca algún grupo cerca y prefieres gastarte el dinero en irte a los bares o comprar juegos en Steam.

Todo esto ha hecho que editar discos no sea rentable para ninguna discográfica, a no ser que lo edulcores de mil movidas. Pero es que tampoco es rentable para la banda editar nada. Total, la tirada mínima es de 500 copias y no vas a vender ni una décima parte. Para vender, tienes que dar muchos conciertos (en los conciertos se vende más) pero, ¿para qué? Esos que no compran discos tampoco van a ir a tu concierto, así que…

El problema está tan integrado y asumido socialmente que ya nos espantamos cuando un concierto vale dinero, aunque sean 5 putos euros. Nos la pela el grupo, su esfuerzo y su tenacidad cuando les pedimos que nos regalen su disco o su camiseta, o simplemente cuando pedimos al de la entrada que nos deje pasar gratis. No hay respeto por lo que se supone que amas como fan. Esto es extensible a todo, no sólo el grupo, también la discográfica, los promotores, garitos, etc.

Y no me refiero únicamente a los chavales y nuevas hornadas (que apenas hay), que hay muchos que sí que consiguen su material lícitamente, sino también a peña curtida, que toca en bandas incluso, y que no compran nada, ya sea de otras bandas de colegas o consagradas.

Y ya de los músicos que no oyen música o no van a conciertos, hablaré más adelante, que tiene tela.

Soy consciente de que este tema puede resultar molesto para los fans más fieles del estilo. Pero os voy a recordar que esto es una opinión personal mía y que no soy nadie. No estoy diciendo que el Thrash Metal sea una mierda, ni sentando cátedra con nada de esto, pues sería un completo gilipollas. Simplemente doy mi opinión, para el que le interese leerla.

Siempre lo he dicho. La verdad es que el Thrash Metal no ha sido nunca un estilo que me haya llegado a lo profundo. Recuerdo que del Heavy Metal di el salto al Thrash Metal, pero rápidamente me decanté por sonidos más brutales como el Death Metal o sonidos más densos y decadentes como el Doom/Death Metal. Pero rápidamente, me olvidé del Thrash.

Reconozco que hay discos o grupos que me han fascinado, como Slayer o Sepultura (los primeros, obviamente), Sodom, Wodos (lol), y discos concretos de Testament, Sacred Reich, Exodus, Metallica, Exumer, Nuclear Assault, Kreator y alguno más. Sobretodo, la vertiente más «extrema» del Thrash Metal.

A ver, empezaré comentando por qué ni siquiera me parece que deba catalogarse como «Metal Extremo». Ya digo, salvando los discos más salvajes del género, el resto me parece que se quedan a medio fuelle de extremismo. Bandas como Xentrix, Nuclear Assault, Anthrax o Megadeth pueden molar, pero no me suenan extremas en absoluto. Por supuesto, la etiqueta es muy amplia y llega hasta los primeros Sepultura, Possessed, Slayer, Toxic Holocaust, primeros Pestilence y todos esos, que sí creo pueden meterse en el saco de lo «extremo».

Una de las razones por las que el Thrash Metal no me ha parecido nunca tan atrayente es que no me suena oscuro, ni épico, ni malévolo, ni otros atributos que me gusta apreciar en la música. Sí es cierto que me gustan sus riffs afilados, algunas voces rabiosas o sus baterías rápidas. Pero la falta de oscuridad que tienen la mayoría de las bandas me parece un detalle muy importante para mí y que echo en falta. Al igual que las voces más rasgadas o guturales, o incluso algún que otro blast-beat.

Y es que, según lo dicho, el Thrash Metal que me gusta es el cerdo, el rabioso, el que suele estar mezclado con otras tendencias, como el Black Metal o el Death Metal. Ese sí me gusta. ¿Se sigue llanando Thrash Metal? Yo diría que no, pero ese sí le considero realmente extremo, pues aúna lo que me gusta de unos y de otros. Bandas como la ya citada Pestilence, Vader, Destroyer 666, Gospel of the Horns

Pero también pasa que si nos ceñimos a la pureza de la etiqueta, el único Thrash Metal que me parece ciertamente relevante es el que nació y creció en los 80s. En aquella época las bandas tenían mucha rabia, mucho que decir, mucho que escupir. Eran chavales de barrios marginales en su mayoría (pues supongo que algún caso no sería así), chavales con infancias complicadas que querían gritar a la sociedad. Tuvieron la suerte de ponerse de moda y fueron creciendo con el estilo. Es decir, me parece que ese Thrash Metal tenía un componente socio-económico similar al Punk, lo cuál lo hacía mucho más auténtico. Mucho más que las bandas actuales. Y aquí sí. Debo decir que las bandas actuales de Thrash Metal me parecen una pantomima en ese sentido. Lo siento chavales, pero puedo ser objetivo y decir que tocáis bien, que sois buenos músicos, que tenéis tablas, que incluso algún tema me ha gustado especialmente, etc., pero ese componente social, revulsivo y de rebelión no me le creo. Es decir, si vemos la historia (que igual es un fake de puta madre, a saber) de Sepultura robando instrumentos, o de bandas de barrios de mierda aprendiendo de fijarse en otros músicos, de otros estilos, haciendo tape-trading, flyers fotocopiados con corta-pega y cosas así… comparado todo con chavales que no han trabajado en su vida, con guitarrones de 2000 ó 3000 pavos, unos amplis de la hostia, yendo a clases de guitarra pagadas por sus padres, mirando videotutoriales de cómo coserte tus parches, grabando en estudios de 5000 euros… o sea… ¿qué puta rebelión hay ahí? ¿La del Call of Duty o cualquier mierda de esas? ¿La de discutir por el Facebook o ser antisocial poniendo memes? Venga ya, no me jodáis. Y ojo, no estoy generalizando, pero creo que el estilo del Thrash Metal va asociado a una actitud asocial, o antisocial, que no se aprende en la cafetería de la universidad ni sentados en casa compartiendo vídeos de YouTube en vuestra red social favorita. Veo al Thrash Metal actual como un estilo comercial y mainstream.

He hablado.

Probablemente, os estéis preguntando algunos qué sentido tiene esta web a día de hoy. No es una mala pregunta y reconozco que está bien fundamentada. La cuestión es que en 2010 creé Morbid Shrine Productions como sello exclusivamente dedicado al Underground, cómo no, para distribuir y mover un poco no sólo mi propia música, sino también traer material de otras bandas que aquí eran desconocidas por muchos.

Con el tiempo, decidí meterme en ediciones más potentes de otras bandas e implementé la funcionalidad de «Promotor». Es decir, decidí montar conciertos en Santander, con bandas de todo pelaje dentro de lo extremo.

Hubo un momento entre 2012 y 2015 que la cosa iba de puta madre. Pero, a pesar del tiempo que le dedicaba al sello, veía que no se veía muy recompensado en cuanto a ingresos. Éstos no iban mal, pero tuve la necesidad de buscar otros trabajos para complementar, como viene siendo normal cuando alguien comete la gilipollez de crear un sello «extremo» hoy en día en un país como este. Ojo, que no digo que no haya sellos que lo hagan de puta madre y se saquen su chusco, pero vamos, los menos.

Tras un saco de ediciones en CD y cinta, la ayuda inestimable de Enserune en la logística y el arte, el apoyo de muchas bandas y amigos, montar pila de conciertos, newsletters impresas, posters, merchan y demás historias… decidí ponerle punto final en 2018 ya que, debido a esos suplementos laborales y económicos de los que hablaba antes, tuve aún menos tiempo para atenderlo.

¿Entonces qué? Lo que veis ahora no es lo que era Morbid Shrine Productions. Es un portal de aglutina las bandas y proyectos en los que me veo involucrado. Sé que es un puto caos seguir mis pasos ya que estoy en un huevo de grupos y proyectos. La gente tampoco suele saber muy bien donde dirigirse para conseguir algo de alguno de ellos. Así que esta nueva versión de Morbid S. reúne todo lo que soy a nivel musical y/o Underground. Un medio de facilitar más las cosas en esta, cada vez más, perezosa escena.

No sólo hablaré de mis grupos, sino también de grupos de amigos que me gusten, etc. Vamos, que a pesar de que hable de mis actividades musicales y demás, tampoco es una puta Ego web. De hecho, también podréis trastear la sección del arte de Enserune, entre otras cosas que irán apareciendo.